Amor, soy Victoria, esa que nunca existió, esa a la que no
imaginaste, esa a la que jamás amaras.
¿Qué porque te llamo amor?
Sí, puedo ver en tu rostro esa pregunta. Porque te amo,
porque yo le amo a usted. Es complicado, pero antes de que yo “existiera” usted
jamás se había fijado en mi. Me había visto, incluso me había hablado, usted
hasta me había sonreído y toda la cosa, pero no sabía quién era, tenía que mirar
la lista, o esperar a que yo adivinara que su cara quería preguntarme mi
nombre, pero no porque le importara, mi nombre lo necesitaba para no llamarme “tu”
o “chica” o como alguien como usted llamaría a alguien como yo… su “…”
Puntos suspensivos, sí, se parecen a lo que usted podría
pensar de mi. Yo amándole y usted… pensando porque lo miro de esa forma, si ya debí
de haberme retirado del lugar… todo se resuelve con puntos suspensivos… hasta
que decido existir, hasta que me obligo a hacerme presente, hasta que muevo
algunas piezas del ajedrez, y entonces usted comienza a saber de mi existencia,
aunque no por completo, soy yo, pero aun no soy yo, estoy bajo una máscara,
donde me resulta más fácil ser una parte de mi frente a usted, y entonces ya
que me comienza a notar, usted, o “tu”, como ahora me pides que me dirija a ti,
tienes la ligera sospecha de con quién hablas, y entonces decides que acciones
continuas, y cuales frenas.
A veces creo que
era mejor callar, no existir para ti, no
ser nadie en tu vida, ser un alguien más que ocupa esa silla, cada martes, y
jueves, sin ninguna falta, a menos de que tú así lo pidieras. Pero eso sí, si
callaba no iba a ser nadie, nunca, si callaba, continuarías sonriéndome al
pronunciar mal mi nombre, si callaba, seguirías con las miradas que creía iban
en doble sentido, si callaba, tu serias como siempre, amable conmigo, insisto,
si callaba, iba a seguir pensando que todo lo que hacías… tal vez, solo porque
si, eran señales…
Al no ser nadie, al no tener el control de quien puedo
llegar a ser por ti, se lo deje al destino, y entonces las miradas, las
sonrisas, las “señales” continuaron, y me cansaron, y me hartaron, y me agobiaron,
me hicieron querer algo mas, y esta vez me decidí, y el destino lo hice yo…
Yo juego, yo muevo la torre que quiero, y dejo de ser el
alfil que fácilmente puedes confundir con los otros 11 que hay en la mesa, y
entonces soy yo quien decide, que se mueve, que se queda, quien se abalanza sobre
quien, pero tú no lo sabes, tú no sabes que soy yo, y juegas un poco con
alguien que apenas existe, con alguien que apenas tú conoces, con alguien que
sabe hasta lo que tú crees que nadie más
sabe de ti…
Y cuando juego de reina, y me ubicas, entonces sabes quién
soy, me reconoces por mi forma de escribir, por lo que te di antes de que lo
pidieras, porque eres parte de mi futuro, y entonces ya sabes que existo, y que
he hecho, quién soy y sin querer, ya te entregue mis próximos movimientos, y
hasta mis planes donde tú y el futuro, que así te he nombrado, existen ya, y lo
que pienso, todo, te plasme mis sentimientos en papel, te di el mapa de mi
persona, y ni siquiera estaba segura de que quisieras conocerlo.
A cambio, a cambio recibo mas sonrisas, más dulces
miradas, algunas confundidas, pero tiernas al final, y palabras, muchísimas palabras…
pero una respuesta que cambia todo… una “O”… una “O” que me vuelve loca, que me
hace suponer mil cosas, inventar historias, que me hace desvariar, y querer
perderme en su infinita línea…
Significa la “O”, que si tú querías que yo existiera en
tu vida, tú tendrías que dejar de existir…
Y entonces, con esa “O” cerramos tu existencia, firmamos
mi silencio, dibujamos besos que nunca existirán, inventamos caricias que jamás
sentiré, y mentiras, mentiras que dependiendo a quien dejamos existir, a veces
se vuelven realidad, como cuando te digo que te amo, y ahora, quien no existe
para el mundo eres tú, y yo, yo solo soy Victoria o mejor solo seré una chica
que ama a alguien que nadie en el mundo puede conocer, olvida mi nombre, que jamás
fue Victoria… tú, mi amor, no tienes nombre, por eso te llamo amor.